La mujer de la ventanita: ¿Por qué nos da tanta vergüenza mirar a nuestra versión del pasado?
Majo Ferrer
7/14/20266 min leer


La mujer de la ventanita
Son las siete y media de la mañana y hay un plato de fruta sobre la mesa. No lo pediste. Él lo preparó antes de salir, lo dejó ahí, cortado, y algo dentro de ti se ablanda como si te hubieran regalado algo enorme.
Durante todo el día vas a pensar en ese plato. Se lo vas a contar a tu amiga. "Me preparó el desayuno", vas a decir, y lo vas a decir con una sonrisa, como quien enseña una prueba. La prueba de que la relación funciona. De que sí te quiere. De que no estás sola.
Y no te vas a dar cuenta (todavía no) de que estás celebrando lo mínimo. De que un gesto básico de decencia se ha convertido en el acontecimiento del día e inclusive de tu relación. Tanto como para dejar de lado de que tú, esa misma mañana, cediste tres veces antes de salir de la cama: te tragaste un comentario, soltaste un plan que te importaba, dijiste "no pasa nada" cuando sí pasaba. Tres veces, y ni las contaste. Por que, honestamente, ya ni las sientes.
Así vives. Y para que entiendas por qué, quiero mostrarte una imagen.
La ventanita
Piensa en tu manera de estar en las relaciones como una casa. Tú vives dentro. Y cada vez que alguien se acerca a ti (tu pareja, tu madre, una amiga, tu jefe) es como si tocara la puerta de esa casa.
Ahora imagina que, antes de abrir, hay una pequeña ventana por la que te asomas. No te asomas para ver quién es; eso ya lo sabes. Te asomas para leer cómo viene. ¿De buen humor o cargado? ¿Impaciente, frío, distante? Y según lo que veas por esa ventana, decides quién vas a ser cuando abras la puerta.
Esa ventana es un hábito que vive dentro de ti: la costumbre de revisar el estado de ánimo del otro antes de mostrarte, para ajustarte a él. Cuando por la ventana ves a alguien fuerte, abres haciéndote pequeña. Cuando ves a alguien que exige, abres concediendo. Cuando ves a alguien frustrado, abres ya resolviendo. Eso es ceder: entregar quién eres tú para acomodarte a quién es el otro.
Llevas tanto tiempo con la costumbre de asomarte a esa ventana que ya ni lo notas. Crees que eres así: paciente, "la que no hace problema". Pero no naciste así. Lo aprendiste. Y lo aprendiste muy temprano, en una casa donde leer el ánimo del otro no era una cortesía: era una forma de mantenerte a salvo.
Cuando eras niña tuviste que elegir entre dos cosas que no deberían pelearse nunca: ser tú misma o conservar el cariño de quienes dependías para vivir. Cada vez que lo que sentías chocaba con lo que ellos necesitaban de ti, tú soltabas lo tuyo. Siempre. Porque a esa edad el cariño no es un lujo, es supervivencia, y ninguna niña elige quedarse sin él.
Ahí, en esa casa, aprendiste a asomarte a la ventana. No porque fueras débil. Porque era inteligente. Porque funcionaba.
El día que ves lo que hiciste
Pasan los años. Un día (a veces por terapia, a veces por un libro, a veces porque el cuerpo simplemente ya no aguanta) empiezas a ganar claridad. Descubres que tienes derecho a ocupar espacio. Que tu incomodidad también cuenta. Que el amor no debería dejarte siempre en déficit.
Y entonces, casi sin querer, miras hacia atrás.
Y lo que ves te da vergüenza.
Te ves silenciándote para no incomodar. Aceptando tratos que hoy te parecen inaceptables. Emocionándote por un plato de fruta. Y llega el golpe, ese que nadie te advirtió que iba a doler tanto: "¿Cómo no me di cuenta? ¿Fui tan fácil de manipular? ¿Cómo pude ser tan ciega?".
Entonces, empieza el látigo. Esa versión tuya que agachaba la cabeza te da rabia, te da pena, la quieres borrar del historial. Fingir que siempre fuiste una mujer fuerte. Que nunca cediste. Que nunca te asomaste a esa ventanita.
Detente ahí. Porque este es el momento exacto donde puedes hacerte más daño o empezar a sanar.
Lo que el látigo no entiende
El látigo cree que te avergüenzas porque hiciste algo malo. Se equivoca. Te avergüenzas porque ya cambiaste. Solo puedes sentir vergüenza de algo cuando por fin ves una forma mejor de haberlo hecho. La vergüenza no es la prueba de tu fracaso; es la prueba de que ya no eres la misma.
Y esa mujer que tanto te avergüenza no fue tonta. Fue una sobreviviente. Cada vez que cedió, estaba haciendo lo único que su mapa conocía: entregar el poder para asegurar la conexión, para evitar el conflicto, para ganar un poco de paz. No tenía otras herramientas. ¿Cómo iba a hacerlo distinto, si nadie le enseñó que existía otro camino? No se le puede exigir un mapa que nunca le dieron.
Cuando la juzgas con lo que sabes hoy, cometes una injusticia. Le reclamas a tu versión del pasado no haber sabido lo que nadie le había enseñado
El puente
La libertad no es convertirte en una mujer perfecta que jamás vuelve a ceder. Eso no existe, y perseguirlo es otra forma del látigo.
La libertad es poder mirar a esa mujer del pasado a los ojos (a la del plato de fruta, a la que se tragaba los comentarios, a la niña asomada a la ventana) y en lugar de despreciarla, decirle:
"Hiciste lo mejor que pudiste con las herramientas que tenías."
No como frase bonita para tapar el dolor. Como la verdad más exacta que existe sobre lo que hiciste. Porque esa mujer que aguantó, que se silenció, que cedió el control una y otra vez, fue la que te sostuvo viva hasta que pudiste aprender a hacerlo diferente. No necesita tu regaño. Honestamente necesita tu gratitud.
Para que te la lleves contigo
El recuerdo va a volver. Alguna noche, sin avisar, va a tocar otra vez la puerta y vas a sentir ese peso en el pecho. No puedes evitar que vuelva, pero sí puedes decidir qué hacer cuando llegue. Por eso quiero que te lleves este camino contigo..."
1. Nómbralo. Cuando llegue el recuerdo, en vez de creerle, repite por dentro: "Ah, llegó otra vez este recuerdo sobre… (y lo nombras)." Quiero que te entrenes en el hábito de no creerte todo lo que piensas, que aprendas a distinguir lo que es real de lo que es solo el látigo mental. Ese pensamiento no es una verdad sobre quién eres. Es solo un recuerdo tocando la puerta.
2. No pelees contra él. Enseguida va a aparecer el "qué tonta fui". Es normal, va a aparecer sí o sí. Pero pelear contra el pensamiento es alimentarlo, darle más fuerza. No te asustes ni le discutas. Solo obsérvalo llegar, como quien ve pasar una ola, y entrenate en dejarlo seguir de largo como pasa con las olas. Estás aprendiendo a vivir una vida que ya no gira en torno al dolor, a lo que no fuiste, a lo que no hiciste, a lo que no dijiste. Estás aprendiendo formas nuevas que te dejan avanzar.
3. Respira y crea el espacio. Aquí está tu poder: en el pequeño espacio entre la reacción y la elección. No te entregues al pensamiento; sostente. Mete una respiración (la 4-7-8 funciona de maravilla: inhalas contando 4, retienes 7, exhalas 8). Esa respiración detiene el latigazo y abre una rendija entre lo que piensas y lo que de verdad está sucediendo ahora.
4. Cambia la pregunta. En lugar de "¿cómo pude ser tan ciega?", pregúntate: "¿Qué estaba tratando de cuidar cuando cedí? ¿De verdad pude hacerlo mejor en ese momento?" La respuesta casi siempre te devuelve lo mismo: hacías lo que podías para estar a salvo.
5. Aprende a hablarte con cariño. Dile a esa mujer del pasado lo que le dirías a una amiga o a alguien que amas mucho: "Hiciste lo mejor que pudiste con lo que tenías." Aprende a decirlo con convicción porque es real. Hiciste lo mejor que pudiste con lo que sabías, con lo que tenías disponible. Repítelo en voz alta si es preciso.
6. Haz las paces con tu versión del pasado. Esto es lo más liberador de todo. Actuaste e hiciste lo que pudiste con lo que sabías entonces. Que el respeto por lo que fuiste se vuelva uno de los pilares de tu vida, porque reconciliarte con quien fuiste le allana el camino a quien estás siendo hoy. Cada día nuevo es una oportunidad para actuar distinto y reconocer el poder que ya vive dentro de ti para hacerlo diferente.
La puerta
Durante años, quien tocaba la puerta decidía cómo ibas a abrir: tú solo te asomabas a leerlo y te acomodabas a lo que veías. Eso está cambiando. No de golpe, sino cada vez que sueltas el látigo y te reconcilias con tu pasado. Y llegará el día en que la puerta sea del todo tuya: en que tú decidas cómo abrir y a quién dejas pasar. Ese día ya no vas a asomarte a la ventanita para saber quién ser. Vas a abrir siendo tú, firme, sabiendo que tu poder te pertenece. Ahí es a donde vas.
Si mientras leías esto reconociste tu propia ventanita, escríbeme. Trabajar esa reconciliación con quien fuiste es justo lo que hacemos juntas.
De reaccionar a elegir | Método Majo Ferrer
Acompaño a mujeres a entender lo que opera en silencio, para pasar de reaccionar a elegir. Desde el cuerpo, la mente y la emoción.
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